“El que tiene la novia es el novio, pero el amigo del novio, que está allí y le oye, se alegra en gran manera con la voz del novio. Y por eso, este gozo mío se ha completado. Es necesario que El crezca, y que yo disminuya” (Juan 3:29-30, LBLA).

Cuando los discípulos de Juan el bautista le preguntaron acerca del hecho de que Jesús bautizaba a más gente que él (Juan 3:26), éste no respondió con envidia. Al contrario, se regocijó al oír la noticia.

Juan habla como si fuera el “padrino” en la boda de Jesús. ¿Qué clase de padrino tiene envidia del novio cuando los invitados le prestan más antención en el día de su boda? El padrino prefiere que su amigo reciba todo el honor porque es su día. Las últimas palabras de Juan registradas en la Biblia revelan con sencillez su actitud humilde y ejemplar: “Es necesario que El crezca, y que yo disminuya” (Juan 3:30).

Una tentación fuerte de la cual se habla poco pero que afecta mucho a los predicadores, y en particular a los jóvenes que dirigen los estudios bíblicos, es el deseo de recibir honor de los miembros de la congregación por sus mensajes.

Nos encanta cuando nos dan la mano después y nos alaban, diciéndonos cosas como: “¡qué sermón más excelente!” Pero, ¿cuándo deberíamos regocijarnos después de dar un mensaje? ¡Cuándo la gente honra y alaba a Jesús y nos ignora a nosotros! “Es necesario que él crezca, y que [nosotros] disminuya[mos]”.

–Brigham Eubanks